Esta fotografía es de un atardecer. De esta misma
semana. Tantas horas que estamos pasando en casa, y nunca me había parado a
mirar las hermosas vistas desde el balcón de mi salón.
El sol se va poniendo detrás del horizonte y su brillo
se va apagando poco a poco, símbolo de que mañana será un nuevo día. Las nubes
acechan descargar con furia la tormenta, torrenciales de agua hasta desecar.
El cielo va destiñiendo una aurora de sombras, ese
añil va encabezando lo que parece una procesión de colores, le va siguiendo un
gris, un tanto enrojecido, y cerrando este colorido desfile, un amarillo tan
brillante que hasta ceguera causa sin siquiera observarle.
Este momento me hace entender lo efímero que es todo:
el día, la noche, la juventud, la vida...
Abro la ventana para intentar acariciar esas nubes tan
esponjosas, cuando una refrescante brisa roza mi cara, viene cargada de un
aroma tan suave, casi como si de terciopelo se
tratase. Es el ozono de la tormenta, que me recuerda lo cerca que está la
primavera, y me pregunto: ¿podré disfrutar de la próxima tormenta fuera de
estas cuatro paredes?
Esta puesta de sol, me hace evadirme de estas semanas
de confinamiento en casa, y me hace recordar que en algún momento tuvimos
libertad; para salir, para correr, para abrazarnos.
Por: Lucía Marquina
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