Cuando piensas en un árbol,
lo primero que se te viene a la mente suele ser un árbol verde normal y
corriente; pero no todos los árboles
son verdes. Supongo que es como todo en esta vida.
Nos acompañan en todo momento; están
ahí aunque no les prestes atención: en el campo, en
el bosque, en la ciudad.
Nuestra vida depende de ellos; respiramos,
vivimos, jugamos...
Si paseas por un bosque en primavera,
puedes ver que entre sus ramas existe mucha vida y que el verde de sus hojas,
en el que se resguardan los animales, es sólo un color más entre los muchos que
puedes encontrar. Sus ramas vacías se llenan de vida y
las flores lo llenan todo.
En el verano buscamos su compañía
para que nos den sombra y nos resguarden del calor.
Poco a poco, sus hojas van cambiando
el color.
Llegó el otoño, y con él una variedad
de tonos anaranjados, rojizos y marrones se distinguen
en la ladera de la montaña. El viento que pasa entre sus
ramas parece que susurra anunciando la llegada del invierno.
Caen las hojas secas
por el viento y forman una alfombra que amortiguan tus pasos cuando paseas por
el sendero para contemplar
la arboleda con su cambio de color.
Pero llega el invierno y las ramas se
quedan sin el abrigo que les dan las hojas. Parece
que los árboles se duermen para no sentir el frío. Sólo algunos afortunados
como los pinos se quedan sus hojas para todo el año, burlándonse de
castaños, chopos y álamos de
su alrededor. Sus hojas son
como pinchos que en lo alto del tronco parecen que quieren tocar
el cielo.
Llega el invierno con su escarcha
fría, congelada que se agarra al viento como un hada que vuela para cubrir todo
con una estela blanca.
Parece que todo duerme, pero poco a
poco despertará con la llegada de la nueva primavera,
y
renacerá la vida.
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